Olvido – Sergio Ceballos Carrillo



Azote la puerta y con rabia fui tras él, para confrontarlo, gritarle a la cara por qué
decidió alejarse, abandonar lo nuestro, dejarlo a la deriva como la barca vacía, no
podía dejar de contener mi llanto a la par de la rabia que sobresaltaba en mis ojos,
llamaradas sentía que exhalaban de mis lagrimas, sentía como quemaban en mis
mejillas rojizas del coraje ocasionado, tome a la yegua querida “pena negra” y a
pelo la monte para poder ir a buscarlo por allá en su jacal y al galopar de mi pena
negra, el cenzontle chirriaba y el pájaro totol gemía, pareciera que la tierra fuera
cómplice de su abandono y sabía de la locura infame que traía puesta en la
cabeza. He llegado y solo puedo contemplar las abundantes buganvilias que se
asoman al candor de la puerta de su casa, alucinaciones me acompañan, pues los
pétalos coloridos pareciera que despertasen llameantes. ¡Ella! Maldita sea, me
contuve al momento, su larga cabellera, su piel blanca, suave como el arroz
floreado, su sonrisa, maldita sea la sonrisa que engalana su rostro ¡El cinismo
señor! ¡Sínica! Penetrante mirada acogedora me miraba en signo de victoria,
sabía que se burlaba de mí en la cara.

  • Buenas tardes ¿Buscaba a mi marido?
  • Buenas tardes, si, ¿Se encuentra?
  • Deje le hablo
    Salió y pareciera que vio al mismo diablo, se puso pálido al verme, hermoso como
    era su costumbre, sombrero de palma estilo calentano, trayendo su esencia
    michoacana en su vestimenta, pantalón de manta y huaraches, en sus ojos se
    notaba la angustia, esa maldita mirada, que tantas veces logro doblegarme ante
    sus peticiones cuales fueran, siempre doblegaba con su maldita mirada,
    sosteniendo machete en mano el filo del mismo, vislumbraba la cólera de de mi
    presencia.
  • Mire, ya está aquí
    Lo miraba como yo lo miraba ¡Maldita! Me arrebato lo que yo amaba, lo que más
    quería y anhelaba en esta vida y ella le regalaba una mirada sonriente, agarro su
    jarro de barro negro, oscuro como sus ojos almendrados.
  • Entiendo, iré a la cercanía del río viejo por un manojo de habas y chicharos,
    y de paso, visito a Doña Eduviges para traerles un litro de Pulque.
  • Si vieja, no tardes
    Ganas no me faltaban de aventar al animal encima de ellos, se despidió de ella,
    acariciándole la mejilla y regalándole un beso en la misma, mi cólera aumentaba.
    ¡Ladrona! ¡Embustera! Porque no resonaban las palabras en mis labios pero
    sentía como retumbaban en mi cabeza, ¡Lo tomo! Lo que no pidió, lo que no
    anhelo, me lo arrebato del alma, el corazón y de mis manos y mis ganas de
    aventarles a mi yegua se contuvieron a la par de mi llanto malherido.
    Camino despidiéndose y asentando la cabeza se alejo por los magueyales,
    ondeando su rebozo negro bordeado en son de cabellera larga, con el cantaro en
    la cabeza pa´ver si encontraba el pulque, tarareaba, odie eso, alejándose en el
    tarareo ¡Tarareaba en son de victoria! ¡S! Se burlaba de mi al entonar ese tarareo,
    me escupía en los oídos con su maldito e infernal tarareo.
    El me destrozo el corazón y con cuatro balazos destroce el suyo ¿Era justo no?
    Porque no destruirle el suyo, volaron golondrinas al desplome de las balas, ese
    grito tan agrio, tan desgarrador de su mujer se confundió junto con el cántaro
    hecho añicos, sucumbí, ante la pérdida irremediable del hombre que ame, y que
    tanto me amo, escondidos en los matorrales, sobre la noche clara donde la luna
    era siempre testigo y fiel confidente de lo que es prohibido y de las veces que la
    tierra sintió el calor de nuestros cuerpos juntándose.
    Acabo de arrebatarle la vida al hombre que ame y me amo tanto, su vida se fue y
    con el mis ganas de vivirla también.
    Todavía escucho el llanto desgarrador de su señora a la lejanía, llevo, no se
    cuantos litros de pulque encima, ese pulque de Doña Eduviges que bebíamos
    tanto y que su esposa conseguía agraciadamente. La cuerda es resistente y la
    rama de pirul es fuerte, mi cuerpo no es tan pesado, así que mi cuello reventara al
    primer jalón. Nos veremos pronto amado mío, si hay otra vida, allá nos vemos.

Autor:
Sergio Ceballos Carrillo

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