Mi relación con la muerte – Evelin Sweetch



Mi relación con la muerte data de varios años atrás, más específicamente, al momento en que nací, cuando un color amarillo dorado me inundó el cuerpo y los doctores temían por mi integridad. Desde ese instante se mantuvo a mi lado y jamás se separó de mí. Convivíamos, nos acompañábamos una a la otra, ella me resguardaba de cualquier peligro o amenaza. De pequeña le pedía que me llevara con ella de paseo por su mundo, me generaba demasiada curiosidad saber qué había detrás de aquel velo. Ella siempre se negaba, me decía que no era momento para que atravesara la realidad actual, que no estaba aún preparada para ver. A regañadientes aceptaba, hinchando los mofletes y poniendo cara de mala. Al crecer, ella venía cada vez menos a visitarme, cada tanto venía a cerciorarse que aún estuviera con vida. “No es tu momento” me repetía, cuando insistía en acompañarla cada que se iba. Siendo sincera, cuando no la veía, la extrañaba.

 En el secundario conocí la historia antigua, y me quedé embelesada con los egipcios y sus creencias alrededor de la muerte. Para ese momento ella ya no se hacía tan presente, y en Anubis vi su recuerdo, o mejor dicho, su reflejo. La extrañaba. Hasta que llegué al último año del secundario y, entre fiestas, ocupada en conocer las emociones de la corta e intensa vida que llevaba, me olvidé de ella. Fue así que, luego de comenzada la universidad, la muerte volvió a tocarme la puerta. “Te has olvidado de mí” me decía, “te has impregnado de vida y te olvidaste que existo, ni en tus sueños me visitas” me reclamaba. “Lo siento mucho amiga, estuve ocupada resolviendo cosas de la vida” le respondí. “Pues he venido a avisarte, pequeña, que queda poco tiempo para que nos reencontremos de vuelta, como en los viejos tiempos” me dijo mientras me abrazaba y al segundo se desvaneció. Al poco tiempo muere mi abuela, el único ser humano del cual sentí realmente la pérdida, la sentía muy cercana. Yo sabía que había pasado a otro plano, otro lugar donde estaba bien, pero ¡ay! ¡cómo dolía!. Cada lágrima derramada era un fuego en el corazón que lo iba derritiendo lentamente. La muerte había vaticinado su regreso, y allí estaba, a los pies de la cama, durante mis días de sufrimiento. Me consolaba, me mostraba los lugares donde mi abuela estaba, bailando y viajando feliz por el espacio. Aún así su ausencia me calaba tan hondo, que dentro de mi pecho crecía un pequeño agujero negro, que nada en esta vida me ayudaba a eliminarlo.

 Seguí mis días como si nada, sin contarle a nadie lo que me pasaba a excepción de la muerte. Ella se había vuelto mi confidente. Duré tres años en ese estado hasta que un día, una simple discusión con groserías se volvió un ataque de llanto y lo único que sentía en mi cuerpo era dolor. “Quiero que se vaya” le reclamaba, pero ella se mantenía en silencio. “No quiero vivir más, si vivir es sentir todo este dolor, no lo quiero más” le repetía, pero ella solo me abrazó y se quedó callada, hasta que me escuchó decir “me quiero morir”. “¿Cómo te atreves a decir eso pequeña? ¿Estás loca? ¿Acaso te acuerdas de todo lo que te costó volver aquí? Tu espíritu lleva siglos buscando una manera de volver ¿y lo echarás a perder todo así como así? ¡Vamos! Ahora, piensa en ella” me dijo señalándome a mi pequeña gathija de apenas unos meses, que me había seguido días atrás por la calle una tarde y no tuve el corazón lo suficientemente duro para dejarla tirada. En ese instante, mi pensamiento fue “si me muero, quizás ella muera de hambre, porque dudo que los vecinos se den cuenta de que no estoy, ya lo harán cuando mi cuerpo apeste después de un par de días, o semanas” Así, me abracé aquella bolita de pelos, jurándole que jamás le faltaría nada, mucho menos su humana.

 La muerte estaba asustada de que hiciera alguna locura, así que se mantuvo a mi lado mucho tiempo, conversábamos sobre temas del más allá, las dudas frecuentes de todo ser humano, me explicó muchas cosas y me dió a conocer otras tantas. En la angustia, volvimos a ser buenas amigas. Cuando me recuperé un poco, me dijo que ya estaba preparada, que ya era mi momento de ver un poco el detrás de escena, y me enseñó a meditar y usar mis sueños como canales de mensajería. Y allí comencé a entender muchas cosas y conocer otras tantas, aunque siempre me daba vergüenza contarlas porque los demás me tratarían de bruja, mala vibra o mala suerte. Lo importante igualmente era que yo tuviera respuestas a mis dudas y supiera lo que había más allá de las despedidas. A la muerte, esa situación la angustiaba, aunque estaba feliz por mis nuevos conocimientos, sabía que no podía hablarlos y compartirlos con cualquiera, así que le pidió a la vida que me presentara personas especiales, mientras la transitaba. De tanto en tanto y poco a poco, estos seres comenzaron a aparecer y cumplimos nuestro ciclo relacional con cada quién. Algunos se fueron tan rápido como aparecieron, otros se quedaron y aún me quedan más por conocer. Vivo mi vida, en compañía y guardia de la muerte, convivimos como lo hemos hecho siempre.  He aprendido de ambas y les agradezco las experiencias transitadas, dándole importancia a cada una de ellas, sin hacer ninguna diferencia. Parece arbitrario, pero aceptando a la muerte, conocí lo que la vida tenía para ofrecerme. Y cada vez que el destino tienta la suerte, la muerte me repite “aún no es tu momento” y me deja ir libre.

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